El feminismo y yo

Cuando tenía 12 años, la mamá de una amiga nos invitó a pasar un fin de semana en su casa con alberca en alguna de esas poblaciones cercanas a la Ciudad de México a las que los chilangos huyen cada vez que tienen oportunidad,  fuimos  seis niñas de mi edad y cuatro mamás para cuidarnos.  Fue un buen fin de semana: estuvimos en la alberca hasta que se nos arrugaron los dedos y comimos chatarra sin parar.  Claro que alimentar a seis preadolescentes implica una importante cantidad de trastes sucios, por lo que la regla en ese fin de semana fue simple: comías y lavabas lo que ensuciaste. Es lo justo, ¿no? De esa manera las mamás no cargaban el peso de mantener todo en orden. ¿Qué tiene que ver esto con feminismo? Bueno, pues resulta que una de las mamás que nos acompañaba, usó varias veces la frase “Laven su plato, para que se hagan mujercitas”.

12 años tenía, cuando por primera vez, la mamá de una amiga me hizo saber que uno de los requisitos para ser ‘mujercita’ es lavar platos.  Más de veinte años después, sigo analizando esas palabras en mi cabeza y según mi edad, les he dado muchos significados pero todos ellos llevan molestia.  De más chica, mi postura era egoísta, pensando que debí negarme a lavar platos porque yo no necesitaba de eso para hacerme ‘mujercita’; más grande entendí, que, desde luego, lo justo era mantener la limpieza entre todas, pero que esa ya es suficiente razón para hacerse responsable de lo que ensuciaste, no hacía falta agregarle una cobertura de estereotipos de género. A veces me imagino regresando a ese momento y fantaseo con la señora diciéndonos: Chicas, somos muchas personas y se van a ensuciar muchos platos, así que si cada quien lava el suyo, vamos a tener todo en orden y tendremos más tiempo para divertirnos.  Mi mundo ideal.

De ahí, todo fue de bajada.  Supongo que antes de los 12, en las sociedades occidentales, todavía no te perciben como diferente, eres lo que en inglés llaman ‘child’, no hay femenino o masculino…es cuando llega la pubertad que todo cambia y empieza la oleada de lo que se “debe” o no hacer.  Y ahí es cuando empiezan las diferencias.

No seas hueca, pero tampoco seas  inteligente porque ser muy lista raya en la imprudencia.   Sé bonita, pero no sensual, porque la sensualidad hará que no te tomen en serio.   Estudia, pero no estudies tanto porque no tendrás vida social, y así ¿cómo vas a tener novio? si tienes novio, sé un témpano de hielo “búscate uno que te quiera más que tú a él”. No te embaraces pero tampoco busques ayuda médica para no embarazarte, o sea no tengas sexualidad: así estarás bien.

Estudia una carrera, pero no una ingeniería o algo con muchas matemáticas, porque eres malísima para las matemáticas.  Saca buenas calificaciones, pero no seas competitiva porque nadie quiere a las mujeres competitivas.  Sal a trabajar, pero no quieras ganar mucho dinero, no uses la falda muy corta, pero sí usa tacones, porque las mujeres con ‘flats’ se ven desarregladas.  Usa maquillaje, pero no uses mucho maquillaje, van a creer que te “estás dando al jefe”.  No cuentes tus problemas, no hables de tus sentimientos, no te enojes, no llores, no sientas, porque las mujeres son emocionales y eso las hace débiles. O sea, si tu jefe se enoja está bien, así son los líderes, tú no, tú si te enojas harás creer a todos que estás en “tus días”. No tomes la iniciativa de nada, no propongas un proyecto, no exijas que respeten tu trabajo, límitate a hacer lo que te piden y a sonreir porque si no sonríes “pinche vieja siempre está de jeta, necesita que alguien se la…”

Cásate, pero cásate “bien”. Ahora sí embarázate, y más te vale que lo hagas porque si no, no estarás completa.  Deja de trabajar, o sigue trabajando pero no trabajes tanto porque si no, pasarás poco tiempo con tus hijos y eso está mal.   No sea que vean que andan solitos con el papá y entonces la gente los mirará con ternura pensando “¡Qué buen papá! Porque NADIE ve a una mamá con sus hijos en la calle y piensa ¡Qué buena mamá!

Si para mí es difícil, porque las reglas no tienen piez y cabeza, no sé ni qué decirles a mis amigas LGBT, para ellas no hay reglas para ellas todo es un rotundo NO. No te enamores, no beses en público, no te vistas así, no te cases, no seas lo que eres, no adoptes, no, no, no y no. Tú no cabes, tú eres una anomalía, para ti no hay nada.

De anécdotas tengo muchas. Muchas de ellas ni siquiera tienen hombres, porque sí, hay muchas mujeres que contribuyen a que sigamos viviendo en estas reglas absurdas que nos definen por lavar un plato. Mi amiga que cambiaron de área porque su jefa se sintió intimidada por su talento; mis compañeras de la universidad indignándose porque a una le dieron un puesto de gerente pocos días antes de la graduación; mujeres que dicen tener más amigos hombres porque las otras mujeres son complicadas; mujeres que se burlan de las que se pronuncian en contra de esta torcida realidad.

Pero ya basta.   No estamos solas.  Si estás leyendo esto y te identificas, estoy contigo y sé que estás conmigo, y lo vamos a lograr porque aunque no hemos llegado a donde queremos, ya tenemos camino avanzado.   Tal vez no vivamos para verlo, pero lo haremos, porque no queremos definirnos por lavar un plato, porque ya nos cansamos de ser prudentes, porque nos da la gana y ya.

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El feminismo y yo

Cuando tenía 12 años, la mamá de una amiga nos invitó a pasar un fin de semana en su casa con alberca en alguna de esas poblaciones cercanas a la Ciudad de México a las que los chilangos huyen cada vez que tienen oportunidad,  fuimos  seis niñas de mi edad y cuatro mamás para cuidarnos.  Fue un buen fin de semana: estuvimos en la alberca hasta que se nos arrugaron los dedos y comimos chatarra sin parar.  Claro que alimentar a seis preadolescentes implica una importante cantidad de trastes sucios, por lo que la regla en ese fin de semana fue simple: comías y lavabas lo que ensuciaste. Es lo justo, ¿no? De esa manera las mamás no cargaban el peso de mantener todo en orden. ¿Qué tiene que ver esto con feminismo? Bueno, pues resulta que una de las mamás que nos acompañaba, usó varias veces la frase “Laven su plato, para que se hagan mujercitas”.

12 años tenía, cuando por primera vez, la mamá de una amiga me hizo saber que uno de los requisitos para ser ‘mujercita’ es lavar platos.  Más de veinte años después, sigo analizando esas palabras en mi cabeza y según mi edad, les he dado muchos significados pero todos ellos llevan molestia.  De más chica, mi postura era egoísta, pensando que debí negarme a lavar platos porque yo no necesitaba de eso para hacerme ‘mujercita’; más grande entendí, que, desde luego, lo justo era mantener la limpieza entre todas, pero que esa ya es suficiente razón para hacerse responsable de lo que ensuciaste, no hacía falta agregarle una cobertura de estereotipos de género. A veces me imagino regresando a ese momento y fantaseo con la señora diciéndonos: Chicas, somos muchas personas y se van a ensuciar muchos platos, así que si cada quien lava el suyo, vamos a tener todo en orden y tendremos más tiempo para divertirnos.  Mi mundo ideal.

De ahí, todo fue de bajada.  Supongo que antes de los 12, en las sociedades occidentales, todavía no te perciben como diferente, eres lo que en inglés llaman ‘child’, no hay femenino o masculino…es cuando llega la pubertad que todo cambia y empieza la oleada de lo que se “debe” o no hacer.  Y ahí es cuando empiezan las diferencias.

No seas hueca, pero tampoco seas  inteligente porque ser muy lista raya en la imprudencia.   Sé bonita, pero no sensual, porque la sensualidad hará que no te tomen en serio.   Estudia, pero no estudies tanto porque no tendrás vida social, y así ¿cómo vas a tener novio? si tienes novio, sé un témpano de hielo “búscate uno que te quiera más que tú a él”. No te embaraces pero tampoco busques ayuda médica para no embarazarte, o sea no tengas sexualidad: así estarás bien.

Estudia una carrera, pero no una ingeniería o algo con muchas matemáticas, porque eres malísima para las matemáticas.  Saca buenas calificaciones, pero no seas competitiva porque nadie quiere a las mujeres competitivas.  Sal a trabajar, pero no quieras ganar mucho dinero, no uses la falda muy corta, pero sí usa tacones, porque las mujeres con ‘flats’ se ven desarregladas.  Usa maquillaje, pero no uses mucho maquillaje, van a creer que te “estás dando al jefe”.  No cuentes tus problemas, no hables de tus sentimientos, no te enojes, no llores, no sientas, porque las mujeres son emocionales y eso las hace débiles. O sea, si tu jefe se enoja está bien, así son los líderes, tú no, tú si te enojas harás creer a todos que estás en “tus días”. No tomes la iniciativa de nada, no propongas un proyecto, no exijas que respeten tu trabajo, límitate a hacer lo que te piden y a sonreir porque si no sonríes “pinche vieja siempre está de jeta, necesita que alguien se la…”

Cásate, pero cásate “bien”. Ahora sí embarázate, y más te vale que lo hagas porque si no, no estarás completa.  Deja de trabajar, o sigue trabajando pero no trabajes tanto porque si no, pasarás poco tiempo con tus hijos y eso está mal.   No sea que vean que andan solitos con el papá y entonces la gente los mirará con ternura pensando “¡Qué buen papá! Porque NADIE ve a una mamá con sus hijos en la calle y piensa ¡Qué buena mamá!

Si para mí es difícil, porque las reglas no tienen piez y cabeza, no sé ni qué decirles a mis amigas LGBT, para ellas no hay reglas para ellas todo es un rotundo NO. No te enamores, no beses en público, no te vistas así, no te cases, no seas lo que eres, no adoptes, no, no, no y no. Tú no cabes, tú eres una anomalía, para ti no hay nada.

De anécdotas tengo muchas. Muchas de ellas ni siquiera tienen hombres, porque sí, hay muchas mujeres que contribuyen a que sigamos viviendo en estas reglas absurdas que nos definen por lavar un plato. Mi amiga que cambiaron de área porque su jefa se sintió intimidada por su talento; mis compañeras de la universidad indignándose porque a una le dieron un puesto de gerente pocos días antes de la graduación; mujeres que dicen tener más amigos hombres porque las otras mujeres son complicadas; mujeres que se burlan de las que se pronuncian en contra de esta torcida realidad.

Pero ya basta.   No estamos solas.  Si estás leyendo esto y te identificas, estoy contigo y sé que estás conmigo, y lo vamos a lograr porque aunque no hemos llegado a donde queremos, ya tenemos camino avanzado.   Tal vez no vivamos para verlo, pero lo haremos, porque no queremos definirnos por lavar un plato, porque ya nos cansamos de ser prudentes, porque nos da la gana y ya.

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A mis alumnos en el día que ganó el mal

La noche del martes 8 de noviembre de 2016, sufrí de una espantosa gastritis viendo cómo en la página de The Guardian, el mapa de Estados Unidos se pintaba de rojo.   Hasta los últimos minutos del conteo, esperé que por un milagro ganara Hillary y el milagro no llegó.

Desperté triste el 9 de noviembre.   Había neblina en el aire y hacía un frío húmedo, de ese que se siente en los huesos, como si el clima también estuviera triste, como si el sol dijera: “No voy a salir, no tengo ganas”. Y no, no salió en todo el día, de hecho llovió y estuvo nublado.  Incluso a las cinco de la tarde, parecía que eran las ocho de la noche; mi ánimo estaba igual que el clima, sentía  una pérdida, un vacío, una tristeza muy grande que me tardé en poder explicar por completo.

Lo que estás leyendo es esa explicación.  

No vivo en Estados Unidos, pero como mexicana, lo que pasa allá, es importante para mí.   Estados Unidos produce casi todo mi entretenimiento: cine, televisión, literatura, música, videojuegos. Crecí sintiéndome parte del sofá marrón de la familia Simpson; de los pasillos de Bayside siendo cómplice de las ocurrencias de Zack Morris; y del café donde Rachel, Monica y Phoebe discutían sobre sus desventuras amorosas.

Aunque sea deporte nacional en México decir que la oferta cultural gringa no tiene calidad, me permito diferir: Estados Unidos nos dio a los superhéroes.  Superman, La Mujer Maravilla, ¡El Capitán América! Esos personajes de ficción tan importantes para los niños, y para los adultos también.   Esos que representan la lucha del bien contra el mal, la moral, la defensa del débil; esos que respetan a las mujeres, esos que cuando éramos niños en la década de 1980 y 1990 nos enseñaron que el bien siempre gana.

¿El bien siempre gana? No.  El país que nos dio a los superhéroes, la noche del 8 de noviembre, mandó un mensaje muy claro al mundo: “El bien no siempre gana”.  Y por eso estoy triste.

Me duele que el país que nos dio a Superman y a Martin Luther King Jr., haya elegido como líder a la encarnación de lo que no es correcto, de lo que lastima a los demás, de lo que nos separa como humanidad.  Si bien, su rival, Hillary, no es una santa, para mí, el hecho de no invitar abiertamente a las masas a odiarse y lastimarse, la hacía una opción viable.

Hillary, en mi opinión, y en la opinión de las personas que más respeto intelectualmente, era, con todo y sus defectos, una persona preparada y competente.  Una mujer inteligente, dedicada y ambiciosa. Ambiciosa. ¿Qué tienen de malo las mujeres ambiciosas? Todo. Las mujeres no pueden ni deben ser ambiciosas, ni Cazafantasmas, ni presidentes.

Me duele la derrota de Hillary por nosotras, las mujeres que trabajamos. Me duele la idea de que un hombre, a todas luces incompetente, es siempre mejor opción que una mujer; que todavía no nos toca; que “el techo de cristal” no se va a romper pronto; que no importa cuánto te esfuerces, si hay un hombre en la contienda, la desventaja la tienes tú. Y no necesito ser gringa para que esto me duela, al contrario, me duele más porque vivo en México, porque si Estados Unidos, potencia mundial, no fue capaz de aceptar a una mujer competente. ¿Qué podría darme esperanzas de triunfar en el país de Polo Polo y Platanito?

También me duele la derrota de la decencia, de lo correcto, de la compasión. Me duele que ganó el mal. Sí, el mal.   Decir que se va a construir un muro para separar a dos países, que el otro país lo va a pagar y que si no lo paga, va a retener las remesas,  es maldad pura.   Las cosas por su nombre. Sé bien que el mundo no es binario, pero el extremo al que llegó la retórica del animal al que ahora llaman presidente electo, es maldad.

Tal vez lo que más me duele son las víctimas de abuso sexual, que hoy saben que no habrá justicia para ellas, que nunca verán a sus agresores pagar por lo que hicieron, y que al contrario, un día los tendrán que llamar “Señor Presidente”.    ¿Ven cómo no necesito ser gringa para sentir ese dolor? Ni hablo de países, ni de líderes, ni de economía, hablo de humanidad.    Hablo de una humanidad sin compasión, sin amor, sin empatía.   Hablo de que me cuesta mucho trabajo asimilar que la mentira puede más, que el odio puede más y que la ignorancia puede más.

¿Saben qué me da esperanzas? Mis alumnos.

Los que quieren diseñar viviendas sustentables; la que quiere apoyar a otras empresas para crear empleos; los que están preocupados por la obesidad y la mala nutrición en México; el que cree que el problema del país es la educación que recibimos en casa; la que quiere crear una fundación para enseñar a personas de bajos recursos a ejercer su derecho a votar; los que hicieron un trabajo de investigación impecable sobre el calentamiento global, que ojalá el “presidente electo” de Estados Unidos, pudiera leer.

Ahora me dirijo a ustedes, estudiantes, que ya la vida privilegió con una educación universitaria, para decirles que el cambio les va a tocar a ustedes, que la educación es poder y “Con gran poder viene gran responsabilidad” (Stan Lee, 1962).   Despierten y vean cómo el 2016 fue el año en que Estados Unidos mandó el mensaje al mundo de que la bondad, la igualdad y la compasión no deberían ser importantes; y sean ustedes los que demuestren que no es así.  Estudien, prepárense, trabajen para ustedes, trabajen para los demás, para los que no son privilegiados; sean agentes de cambio, sean Supermanes y Mujeres Maravillas, sean Martin Luther Kings, inspiren, demuestren que las cosas no son lo que el 2016 nos dice que son.

Cumplan sus metas, esas metas honorables, que quienes despectivamente les llaman “Millennials”, no entienden, pero que yo veo cómo algo extraordinario de su generación.   Cambien al mundo, muchachos, cámbienlo ustedes porque me consta que ustedes pueden.

 

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A mis alumnos en el día que ganó el mal

La noche del martes 8 de noviembre de 2016, sufrí de una espantosa gastritis viendo cómo en la página de The Guardian, el mapa de Estados Unidos se pintaba de rojo.   Hasta los últimos minutos del conteo, esperé que por un milagro ganara Hillary y el milagro no llegó.

Desperté triste el 9 de noviembre.   Había neblina en el aire y hacía un frío húmedo, de ese que se siente en los huesos, como si el clima también estuviera triste, como si el sol dijera: “No voy a salir, no tengo ganas”. Y no, no salió en todo el día, de hecho llovió y estuvo nublado.  Incluso a las cinco de la tarde, parecía que eran las ocho de la noche; mi ánimo estaba igual que el clima, sentía  una pérdida, un vacío, una tristeza muy grande que me tardé en poder explicar por completo.

Lo que estás leyendo es esa explicación.  

No vivo en Estados Unidos, pero como mexicana, lo que pasa allá, es importante para mí.   Estados Unidos produce casi todo mi entretenimiento: cine, televisión, literatura, música, videojuegos. Crecí sintiéndome parte del sofá marrón de la familia Simpson; de los pasillos de Bayside siendo cómplice de las ocurrencias de Zack Morris; y del café donde Rachel, Monica y Phoebe discutían sobre sus desventuras amorosas.

Aunque sea deporte nacional en México decir que la oferta cultural gringa no tiene calidad, me permito diferir: Estados Unidos nos dio a los superhéroes.  Superman, La Mujer Maravilla, ¡El Capitán América! Esos personajes de ficción tan importantes para los niños, y para los adultos también.   Esos que representan la lucha del bien contra el mal, la moral, la defensa del débil; esos que respetan a las mujeres, esos que cuando éramos niños en la década de 1980 y 1990 nos enseñaron que el bien siempre gana.

¿El bien siempre gana? No.  El país que nos dio a los superhéroes, la noche del 8 de noviembre, mandó un mensaje muy claro al mundo: “El bien no siempre gana”.  Y por eso estoy triste.

Me duele que el país que nos dio a Superman y a Martin Luther King Jr., haya elegido como líder a la encarnación de lo que no es correcto, de lo que lastima a los demás, de lo que nos separa como humanidad.  Si bien, su rival, Hillary, no es una santa, para mí, el hecho de no invitar abiertamente a las masas a odiarse y lastimarse, la hacía una opción viable.

Hillary, en mi opinión, y en la opinión de las personas que más respeto intelectualmente, era, con todo y sus defectos, una persona preparada y competente.  Una mujer inteligente, dedicada y ambiciosa. Ambiciosa. ¿Qué tienen de malo las mujeres ambiciosas? Todo. Las mujeres no pueden ni deben ser ambiciosas, ni Cazafantasmas, ni presidentes.

Me duele la derrota de Hillary por nosotras, las mujeres que trabajamos. Me duele la idea de que un hombre, a todas luces incompetente, es siempre mejor opción que una mujer; que todavía no nos toca; que “el techo de cristal” no se va a romper pronto; que no importa cuánto te esfuerces, si hay un hombre en la contienda, la desventaja la tienes tú. Y no necesito ser gringa para que esto me duela, al contrario, me duele más porque vivo en México, porque si Estados Unidos, potencia mundial, no fue capaz de aceptar a una mujer competente. ¿Qué podría darme esperanzas de triunfar en el país de Polo Polo y Platanito?

También me duele la derrota de la decencia, de lo correcto, de la compasión. Me duele que ganó el mal. Sí, el mal.   Decir que se va a construir un muro para separar a dos países, que el otro país lo va a pagar y que si no lo paga, va a retener las remesas,  es maldad pura.   Las cosas por su nombre. Sé bien que el mundo no es binario, pero el extremo al que llegó la retórica del animal al que ahora llaman presidente electo, es maldad.

Tal vez lo que más me duele son las víctimas de abuso sexual, que hoy saben que no habrá justicia para ellas, que nunca verán a sus agresores pagar por lo que hicieron, y que al contrario, un día los tendrán que llamar “Señor Presidente”.    ¿Ven cómo no necesito ser gringa para sentir ese dolor? Ni hablo de países, ni de líderes, ni de economía, hablo de humanidad.    Hablo de una humanidad sin compasión, sin amor, sin empatía.   Hablo de que me cuesta mucho trabajo asimilar que la mentira puede más, que el odio puede más y que la ignorancia puede más.

¿Saben qué me da esperanzas? Mis alumnos.

Los que quieren diseñar viviendas sustentables; la que quiere apoyar a otras empresas para crear empleos; los que están preocupados por la obesidad y la mala nutrición en México; el que cree que el problema del país es la educación que recibimos en casa; la que quiere crear una fundación para enseñar a personas de bajos recursos a ejercer su derecho a votar; los que hicieron un trabajo de investigación impecable sobre el calentamiento global, que ojalá el “presidente electo” de Estados Unidos, pudiera leer.

Ahora me dirijo a ustedes, estudiantes, que ya la vida privilegió con una educación universitaria, para decirles que el cambio les va a tocar a ustedes, que la educación es poder y “Con gran poder viene gran responsabilidad” (Stan Lee, 1962).   Despierten y vean cómo el 2016 fue el año en que Estados Unidos mandó el mensaje al mundo de que la bondad, la igualdad y la compasión no deberían ser importantes; y sean ustedes los que demuestren que no es así.  Estudien, prepárense, trabajen para ustedes, trabajen para los demás, para los que no son privilegiados; sean agentes de cambio, sean Supermanes y Mujeres Maravillas, sean Martin Luther Kings, inspiren, demuestren que las cosas no son lo que el 2016 nos dice que son.

Cumplan sus metas, esas metas honorables, que quienes despectivamente les llaman “Millennials”, no entienden, pero que yo veo cómo algo extraordinario de su generación.   Cambien al mundo, muchachos, cámbienlo ustedes porque me consta que ustedes pueden.

 

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The Flipped Classroom and Personal Learning Networks


My final post for #openflip Spring 2016 includes discussing the fourth facet of a flipped classroom: a personal learning network (PLN).

Professional learning is to become self-aware of one´s personal learning network in how it contributes to a particular experience. A PLN is having the self-knowledge of how learning spaces, groups and networks, and all forms of learning come together at any particular moment and how they adopt and adapt over time. A PLN is about understanding ideas (beliefs, opinions, thoughts, etc.), materials (objects, technologies, etc.), and human relationships (uni/bidirectional communication, strong and weak ties, etc.) not as isolated notions, but as associations that are influenced by each other. In a flipped classroom scenario, a learning network can be viewed at any level: individual, pairs, small groups, whole class, domains, institution, district, community, global, etc., but what makes a PLN personal is that the power and prestige (from a network and not a sociological perspective) are revealed through the understanding of how all ideational, material, and human nodes connect and surround the individual (e.g., student, teacher, etc.). Thus, the individual remains the unit of analysis but cannot be taken out of context. Understanding a PLN (i.e., a learning network at the individual level) becomes a prerequisite for understanding a learning network at the group level, for instance. Understanding a learning network at the classroom network is to understand the learning networks of various groups, pairs, and individuals, etc. Within the context of formal education, an educator has a responsibility in bringing about awareness of student PLNs as well as one´s own PLN. An expert learner is one who has a high level of self-awareness of a purposeful PLN at any given time and how it adopts and adapts over time – a PLN is at the heart of understanding what a flipped classroom is; how it is employed; and how effective, efficient, and engaging it can be for both learner and educator. In order to become adept, one needs to adopt and adapt a PLN.

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The Flipped Classroom and Personal Learning Networks


My final post for #openflip Spring 2016 includes discussing the fourth facet of a flipped classroom: a personal learning network (PLN).

Professional learning is to become self-aware of one´s personal learning network in how it contributes to a particular experience. A PLN is having the self-knowledge of how learning spaces, groups and networks, and all forms of learning come together at any particular moment and how they adopt and adapt over time. A PLN is about understanding ideas (beliefs, opinions, thoughts, etc.), materials (objects, technologies, etc.), and human relationships (uni/bidirectional communication, strong and weak ties, etc.) not as isolated notions, but as associations that are influenced by each other. In a flipped classroom scenario, a learning network can be viewed at any level: individual, pairs, small groups, whole class, domains, institution, district, community, global, etc., but what makes a PLN personal is that the power and prestige (from a network and not a sociological perspective) are revealed through the understanding of how all ideational, material, and human nodes connect and surround the individual (e.g., student, teacher, etc.). Thus, the individual remains the unit of analysis but cannot be taken out of context. Understanding a PLN (i.e., a learning network at the individual level) becomes a prerequisite for understanding a learning network at the group level, for instance. Understanding a learning network at the classroom network is to understand the learning networks of various groups, pairs, and individuals, etc. Within the context of formal education, an educator has a responsibility in bringing about awareness of student PLNs as well as one´s own PLN. An expert learner is one who has a high level of self-awareness of a purposeful PLN at any given time and how it adopts and adapts over time – a PLN is at the heart of understanding what a flipped classroom is; how it is employed; and how effective, efficient, and engaging it can be for both learner and educator. In order to become adept, one needs to adopt and adapt a PLN.

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Semana 4. Facilitador profesional

  Como docente en este rol de facilitador nos exige estar disposición de nuestros estudiantes para dar retroalimentación tanto individual o grupal en nuestras clases y tal vez otro medio interesante sería las redes sociales creando comunidades o grupos que nos permitan tener una interacción más cercana y continua con ellos.  Para ello es importante […]

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Semana 3. Contenido dirigido

  Durante mi desarrollo docente he tratado de priorizar los conceptos básicos que requieren una instrucción directa para los estudiantes de las materias que imparto, buscando videos, materiales , artículos y tendencias sobre las áreas en las que estamos desarrollando el curso, sin embargo con estos 4 pilares he visto que aún tengo áreas de […]

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