A mis alumnos en el día que ganó el mal

--Originally published at teaching is my element

La noche del martes 8 de noviembre de 2016, sufrí de una espantosa gastritis viendo cómo en la página de The Guardian, el mapa de Estados Unidos se pintaba de rojo.   Hasta los últimos minutos del conteo, esperé que por un milagro ganara Hillary y el milagro no llegó.

Desperté triste el 9 de noviembre.   Había neblina en el aire y hacía un frío húmedo, de ese que se siente en los huesos, como si el clima también estuviera triste, como si el sol dijera: “No voy a salir, no tengo ganas”. Y no, no salió en todo el día, de hecho llovió y estuvo nublado.  Incluso a las cinco de la tarde, parecía que eran las ocho de la noche; mi ánimo estaba igual que el clima, sentía  una pérdida, un vacío, una tristeza muy grande que me tardé en poder explicar por completo.

Lo que estás leyendo es esa explicación.  

No vivo en Estados Unidos, pero como mexicana, lo que pasa allá, es importante para mí.   Estados Unidos produce casi todo mi entretenimiento: cine, televisión, literatura, música, videojuegos. Crecí sintiéndome parte del sofá marrón de la familia Simpson; de los pasillos de Bayside siendo cómplice de las ocurrencias de Zack Morris; y del café donde Rachel, Monica y Phoebe discutían sobre sus desventuras amorosas.

Aunque sea deporte nacional en México decir que la oferta cultural gringa no tiene calidad, me permito diferir: Estados Unidos nos dio a los superhéroes.  Superman, La Mujer Maravilla, ¡El Capitán América! Esos personajes de ficción tan importantes para los niños, y para los adultos también.   Esos que representan la lucha del bien contra el mal, la moral, la defensa del débil; esos que respetan a las mujeres, esos que cuando éramos niños en la década de 1980 y 1990 nos enseñaron que el bien siempre gana.

¿El bien siempre gana? No.  El país que nos dio a los superhéroes, la noche del 8 de noviembre, mandó un mensaje muy claro al mundo: “El bien no siempre gana”.  Y por eso estoy triste.

Me duele que el país que nos dio a Superman y a Martin Luther King Jr., haya elegido como líder a la encarnación de lo que no es correcto, de lo que lastima a los demás, de lo que nos separa como humanidad.  Si bien, su rival, Hillary, no es una santa, para mí, el hecho de no invitar abiertamente a las masas a odiarse y lastimarse, la hacía una opción viable.

Hillary, en mi opinión, y en la opinión de las personas que más respeto intelectualmente, era, con todo y sus defectos, una persona preparada y competente.  Una mujer inteligente, dedicada y ambiciosa. Ambiciosa. ¿Qué tienen de malo las mujeres ambiciosas? Todo. Las mujeres no pueden ni deben ser ambiciosas, ni Cazafantasmas, ni presidentes.

Me duele la derrota de Hillary por nosotras, las mujeres que trabajamos. Me duele la idea de que un hombre, a todas luces incompetente, es siempre mejor opción que una mujer; que todavía no nos toca; que “el techo de cristal” no se va a romper pronto; que no importa cuánto te esfuerces, si hay un hombre en la contienda, la desventaja la tienes tú. Y no necesito ser gringa para que esto me duela, al contrario, me duele más porque vivo en México, porque si Estados Unidos, potencia mundial, no fue capaz de aceptar a una mujer competente. ¿Qué podría darme esperanzas de triunfar en el país de Polo Polo y Platanito?

También me duele la derrota de la decencia, de lo correcto, de la compasión. Me duele que ganó el mal. Sí, el mal.   Decir que se va a construir un muro para separar a dos países, que el otro país lo va a pagar y que si no lo paga, va a retener las remesas,  es maldad pura.   Las cosas por su nombre. Sé bien que el mundo no es binario, pero el extremo al que llegó la retórica del animal al que ahora llaman presidente electo, es maldad.

Tal vez lo que más me duele son las víctimas de abuso sexual, que hoy saben que no habrá justicia para ellas, que nunca verán a sus agresores pagar por lo que hicieron, y que al contrario, un día los tendrán que llamar “Señor Presidente”.    ¿Ven cómo no necesito ser gringa para sentir ese dolor? Ni hablo de países, ni de líderes, ni de economía, hablo de humanidad.    Hablo de una humanidad sin compasión, sin amor, sin empatía.   Hablo de que me cuesta mucho trabajo asimilar que la mentira puede más, que el odio puede más y que la ignorancia puede más.

¿Saben qué me da esperanzas? Mis alumnos.

Los que quieren diseñar viviendas sustentables; la que quiere apoyar a otras empresas para crear empleos; los que están preocupados por la obesidad y la mala nutrición en México; el que cree que el problema del país es la educación que recibimos en casa; la que quiere crear una fundación para enseñar a personas de bajos recursos a ejercer su derecho a votar; los que hicieron un trabajo de investigación impecable sobre el calentamiento global, que ojalá el “presidente electo” de Estados Unidos, pudiera leer.

Ahora me dirijo a ustedes, estudiantes, que ya la vida privilegió con una educación universitaria, para decirles que el cambio les va a tocar a ustedes, que la educación es poder y “Con gran poder viene gran responsabilidad” (Stan Lee, 1962).   Despierten y vean cómo el 2016 fue el año en que Estados Unidos mandó el mensaje al mundo de que la bondad, la igualdad y la compasión no deberían ser importantes; y sean ustedes los que demuestren que no es así.  Estudien, prepárense, trabajen para ustedes, trabajen para los demás, para los que no son privilegiados; sean agentes de cambio, sean Supermanes y Mujeres Maravillas, sean Martin Luther Kings, inspiren, demuestren que las cosas no son lo que el 2016 nos dice que son.

Cumplan sus metas, esas metas honorables, que quienes despectivamente les llaman “Millennials”, no entienden, pero que yo veo cómo algo extraordinario de su generación.   Cambien al mundo, muchachos, cámbienlo ustedes porque me consta que ustedes pueden.



 

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